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No soy tímido, es que estoy enfermo

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27052011

Mensaje 

No soy tímido, es que estoy enfermo




No soy tímido, es que estoy enfermo

Christopher Lane desvela en un polémico libro algunas miserias de la psiquiatría actual y sus intentos de patologizar los problemas emocionales de la vida cotidiana

ANTONIO RICO. En la consulta del psiquiatra una paciente le dice al doctor: «Creo que debería aumentar la dosis del fármaco. No me siento tan feliz como la gente de los anuncios publicitarios». Es una viñeta publicada en el New Yorker durante el verano de 2001 y que ilustra una de las páginas de un libro de lectura fundamental para todas las personas interesadas en la trastienda de unos de los fenómenos sociales más característicos nuestros días. El libro trata de campañas publicitarias, de médicos tomando decisiones que tendrán repercusiones planetarias sobre la práctica clínica de millones de sus colegas, de cientos de millones de dólares en intereses económicos y efectos secundarios de algunos fármacos. Trata sobre la psiquiatría actual y las entretelas personales que determinaron las características de su manual de referencia, el DSM-IV, centrándose especialmente en el proceso de marketing farmacéutico que terminó convirtiendo rasgos de personalidad como la introversión o la timidez, -quizá incómodos aunque completamente normales y satisfactoriamente integrados en el abanico de posibilidades de las relaciones humanas-, en trastornos psiquiátricos como el «trastorno de ansiedad social», -con todo el aparato de criterios diagnósticos estandarizados y farmacoterapia asociada-. La timidez. Cómo la psiquiatría y la industria farmacéutica han convertido emociones cotidianas en enfermedad está escrito por Christopher Lane, y ha sido recibido con elogios por los principales revisores editoriales internacionales.

Desde luego, el subtítulo del libro indica el verdadero tema de la obra. El primer capítulo está dedicado a la discrepancia radical que, en el ámbito de la ansiedad, enfrenta desde hace un siglo a los psiquiatras de orientación kraepeliana con sus colegas que se sienten más atraídos por la tradición freudiana de análisis de los trastornos mentales. Aquéllos están centrados en la descripción topográfica y en los afanes clasificatorios de las alteraciones psíquicas, perdiendo en esa obcecación la dimensión interpersonal e intrapsíquica y el verdadero significado del trastorno ansioso. Y éstos se hallan más cercanos a la indagación acerca de las dinámicas inconscientes y ocultas que constituirían el nivel verdaderamente genuino de análisis de este tipo de fenómenos. Para los segundos era fundamental mantener la unidad del concepto de «neurosis de ansiedad», por mucha variabilidad fenoménica que acogiera en su interior; para los primeros era necesario trocear esa categoría diagnóstica tan inespecífica en trastornos más pequeños que se distinguieran en la topografía del problema más que en la funcionalidad del mismo.

Y las últimas décadas del siglo XX marcaron la derrota definitiva del bando freudiano, sobre el que el Manual Estadístico y Diagnóstico de los Trastornos Mentales, -el DSM-, cayó con una potencia devastadora. Sólo unos datos: la segunda edición del DSM recogía 180 categorías de enfermedad mental y una sola categoría genérica de «neurosis de ansiedad»; el DSM-III-R ya recogía 292 categorías diagnósticas, 112 más que la edición anterior; finalmente, el DSM-IV, aparecido en 1994, ya distinguía más de 350 trastornos, y la antigua «neurosis de ansiedad» había desaparecido dejando en su lugar siete nuevos trastornos: agorafobia, trastorno de pánico, trastorno de estrés postraumático, trastorno obsesivo compulsivo, trastorno de ansiedad generalizada, fobia simple y fobia social. Si las categorías diagnósticas psiquiátricas habían aumentado geométricamente a lo largo de aquellas dos últimas décadas, el número de estadounidenses que cumplían con los criterios para ser incluidos en ellas había aumentado exponencialmente. Entre un 30 y un 50% de la población norteamericana padecería a lo largo de su vida un trastorno recogido en el DSM y, por tanto, sería susceptible de recibir atención médica y tratamiento farmacológico. ¿Este incremento diagnóstico responde a una realidad ante la que la psiquiatría se vuelve consciente o, por el contrario, estamos ante un castillo de humo, formalista y sólo científico en su apariencia, cuyas verdaderas motivaciones han de ser buscadas en aspectos mucho más prosaicos que los que aparecen en el juramento hipocrático?

La narración que Lane realiza del proceso de elaboración del DSM-IV se inclina inequívocamente por esta segunda opción. El autor ha entrevistado extensamente a los psiquiatras que protagonizaron esta página gris de la historia de la medicina y ha tenido acceso a cartas, documentos internos y borradores provisionales que se elaboraron durante esos días. El resultando presenta un escenario conformado por intereses personales, compañías farmacéuticas «colaboradoras», grupos de presión que intentan acallar voces de corrientes críticas y, sobre todo, reputados psiquíatras que encuentran por fin la rendija por la que colar la vieja aspiración de patologizar cualquier problema emocional de la vida cotidiana y dotar a cualquier molestia o incomodidad de nuestra experiencia personal de una relectura bajo la lógica médica. El precio de este cambio será psiquiatrizar la sociedad y socavar la idea clásica de la persona como alguien que afronta la vida intencionalmente desde un propósito que activamente desarrolla, pero la población norteamericana, lejos de rebelarse contra estas intenciones, acogió con entusiasmo la nueva era de la farmacología emocional.

Durante un importante congreso acerca del trastorno de pánico celebrado en Boston, el director ejecutivo de la empresa farmacéutica Upjohn comenzó su intervención con la siguiente afirmación: «Miren, hay tres razones por las que en Upjohn estamos muy interesados en estos diagnósticos. La primera es dinero. La segunda es dinero. Y la tercera es dinero». Sirva esta desvergonzada confesión para comentar otro de los puntos fuertes del libro de Lane: su fascinante repaso al papel que las compañías farmacéuticas jugaron en el proceso de convertir en enfermedades emociones cotidianas presentes en la experiencia de la mayoría de las personas que viven en el mundo actual, y el carácter particularmente agresivo de la publicidad que tales empresas desarrollaron alrededor de los fármacos que pretendían colocar como tratamiento de las nuevas enfermedades inventadas. El libro toma la medicalización de la timidez a través de la nueva categoría del «trastorno de ansiedad social» como ejemplo paradigmático de esta psicopatologización de la vida cotidiana, y se detiene especialmente en la descripción de la campaña de marketing que las compañías farmacéuticas hicieron para promocionar un mediocre antidepresivo, la paroxetina, cuando consiguió finalmente la aprobación para el tratamiento de la nueva categoría diagnóstica vinculada a la ansiedad social. En una sociedad en donde los medios de comunicación divulgan y vulgarizan a diario contenidos de la psiquiatría y la psicología sin trazar una barrera clara entre la descripción de fenómenos y su prescripción como modelos de conducta, los publicistas tuvieron la valentía y la vileza de ampliar el público objetivo al que dirigían sus mensajes y comenzaron a crear anuncios que iban destinados a los futuros pacientes y no solamente a los actuales psiquiatras. En revistas de consumo general se incluyeron páginas publicitarias en donde se transmitían ideas que podríamos resumir de forma sencilla: «¿Se encuentra usted molesto en las situaciones de relación social? No se culpe. Quizá sufra usted una enfermedad recién descubierta llamada Trastorno de Ansiedad Social. Pero tenemos buenas noticias: tiene tratamiento farmacológico. Consulte con su médico». Y así, el altavoz de la publicidad de masas terminó la tarea que habían comenzado los autores del DSM-IV.

«¿Podríamos subir la dosis? Todavía tengo sentimientos», le pide otro paciente a su psiquiatra en otra viñeta recogida igualmente en el libro de Christopher Lane. En él se presenta un retrato documentado y realista de uno de los momentos claves en la historia de la psiquiatría moderna, pero el interés del libro trasciende con mucho el campo de la medicina dedicada al estudio de los trastornos mentales. En la medida en que la medicina y su forma de entender los fenómenos de los que se ocupa ha ido infiltrándose en los elementos más básicos de la vida cotidiana, este libro puede ofrecer claves para entender muchos más asuntos que aquéllos de los que explícitamente trata. Está en juego, nada más y nada menos, la relación de las personas con sus propias vivencias emocionales.


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Lisbeth Salander
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No soy tímido, es que estoy enfermo :: Comentarios

Mensaje el Sáb 28 Mayo 2011, 00:32 por juabau

Interesante articulo, hasta el punto que estoy pensando en hacerme con el libro de Christopher Lane a que se refiere, sobre todo por el interés en conocer los argumentos para "satanizar" la psiquiatría moderna, acusándola de que su único interés es el comercial, el dinero. Me interesa conocer el punto de vista del autor, basados en arcticulos y documentos como parece indicar el artículo, de que la aparición del DSV-4, que describe por primera vez la fobia social como un trastorno separado del resto, fué motivada por intereses económicos de las grandes compañias farmacéuticas, y de intereses personales de determinados científicos.
El que haya leido alguno de mis post en este foro sabe que actualmente defiendo, por experiencia propia, las bondades de los psicofármacos, al menos de algunos de los que he usado, y uso actualmente - siempre lo he hecho bajo prescripción médica. Para mí, por otra parte, la psiquiatría moderna sabe distinguir perfectamente entre timidex y trastorno de fobia social, y pienso que ésta no es una distinción artifical motivada por intereses económicos.
Pero quién sabe, a lo mejor este libro me hace cambiar de opinión....

gracias, Lisbeth, por colgar este artículo...

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