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Quitarse la vida goza de permisividad e incluso de prestigio en Japón
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02052010
Quitarse la vida goza de permisividad e incluso de prestigio en Japón
Quitarse la vida goza de permisividad e incluso de prestigio en Japón
GONZALO ROBLEDO, TOKIO
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GONZALO ROBLEDO, TOKIO
La permisividad con el acto de quitarse la vida y una tradición literaria que celebra las historias de suicidas honorables han consolidado la fama de Japón como meca del suicidio, pese a que las cifras anuales lo sitúan lejos del primer lugar del ranking. Desde finales de los 90 Japón registra más de 30.000 suicidios anuales, una cifra similar a la de EEUU pese a tener la mitad de la población, pero que lo sitúa detrás de países como Bielorrusia, Lituania, Rusia, Kazajistán y Letonia, según estadísticas de la Organización Mundial de la Salud.
La percepción generalizada de que los japoneses están más prestos a suicidarse que los demás viene reforzada por los variados e inusuales métodos de quitarse la vida en los que, por otra parte, se nutren clásicos de la literatura nipona, leyendas urbanas y noticias chocantes. En el amplio catálogo de métodos japoneses de suicidio destacan dos ligados estrechamente al honor y al patriotismo: el famoso corte de vientre conocido en Occidente como haraquiri y el vuelo de los pilotos militares kamikazes de la segunda guerra mundial, que se inmolaban estrellándose contra naves enemigas.
Samuráis y kamikazes
Pocos colegiales japoneses desconocen el argumento de Chushingura, una obra basada en el haraquiri simultáneo de 47 samuráis sin amo ocurrido en el siglo XVIII e inmortalizado en obras de teatro kabuki, pinturas, animaciones y largometrajes, además de una ópera y un exquisito relato de Jorge Luis Borges incluido en su Historia universal de la infamia bajo el título El incivil maestro de ceremonias Kotsuké no Suké.Los kamikazes, por su parte, son reverenciados en santuarios de todo el país y en museos dedicados a la segunda guerra mundial donde, en medio de reliquias ensangrentadas y banderas niponas con firmas y mensajes de despedida de los familiares, se explica el ritual que precedía al vuelo fatídico con el que los jóvenes pilotos rendían tributo final a su emperador.
Otra modalidad centenaria menos conocida es el suicidio comiendo las partes tóxicas del raro y costoso fugu (pez globo), un método cuya víctima reciente más famosa fue Bando Mitsugoro III, célebre actor de kabuki que, irónicamente, se despidió de los escenarios en 1975 representando Chusingura.
En la literatura moderna, el suicidio es un tema recurrente y casi obsesivo de autores japoneses que pusieron fin a sus vidas, como el polémico Yukio Mishima, que en 1970, a los 45 años, cometió seppuku, la forma ortodoxa del haraquiri que concluye con la decapitación con espada a manos de un asistente. A las referencias literarias se suma Haruki Murakami, cuyo primer libro superventas en los 80, Tokio Blues, narra la historia de dos suicidas, un adolescente que se mata con gas en el garaje de sus padres y su novia, que, despechada por no haber recibido una nota de despedida, se deprime y sigue sus pasos tras ser internada en un hospital mental.
Intoxicarse con humo de carbón es la modalidad preferida de los cibersuicidas, grupos que surgieron en la última década del siglo pasado. Sus miembros usan internet para conocerse y pactar suicidios en furgonetas alquiladas.
Dimensión épica
Sociólogos y antropólogos señalan como causas principales del suicidio en Japón la falta de penalización y la tolerancia de las religiones mayoritarias, el sintoísmo y el budismo. Añaden la depresión por razones económicas o afectivas y, en el caso de los suicidios infantiles, la insoportable presión en época de exámenes o el hostigamiento de los compañeros. El suicida se tiñe de heroísmo cuando se ausenta del mundo con la excusa de liberar a sus familiares de problemas, responsabilidades o deudas, y adquiere dimensiones épicas cuando decide sacrificar a toda su familia conduciéndola en coche al mar o provocando un incendio cuando todos duermen.
Las pocas veces que el suicidio cobra visos pecaminosos o ilegales es cuando perturba la vida de los demás, como es el caso de quienes provocan caos en el tráfico ferroviario lanzándose a las vías. Las multas a los familiares del muerto rondan los 100 millones de yenes (800.000 euros), un monto excesivo con el fin de que sea disuasorio. En muchas estaciones de tren y metro se han instalado barreras en los andenes o se aíslan las vías con cabinas de cristal, y cuando el presupuesto no lo permite tratan de mantener a vigilantes alerta para localizar al pesimista de turno.
La percepción generalizada de que los japoneses están más prestos a suicidarse que los demás viene reforzada por los variados e inusuales métodos de quitarse la vida en los que, por otra parte, se nutren clásicos de la literatura nipona, leyendas urbanas y noticias chocantes. En el amplio catálogo de métodos japoneses de suicidio destacan dos ligados estrechamente al honor y al patriotismo: el famoso corte de vientre conocido en Occidente como haraquiri y el vuelo de los pilotos militares kamikazes de la segunda guerra mundial, que se inmolaban estrellándose contra naves enemigas.
Samuráis y kamikazes
Pocos colegiales japoneses desconocen el argumento de Chushingura, una obra basada en el haraquiri simultáneo de 47 samuráis sin amo ocurrido en el siglo XVIII e inmortalizado en obras de teatro kabuki, pinturas, animaciones y largometrajes, además de una ópera y un exquisito relato de Jorge Luis Borges incluido en su Historia universal de la infamia bajo el título El incivil maestro de ceremonias Kotsuké no Suké.Los kamikazes, por su parte, son reverenciados en santuarios de todo el país y en museos dedicados a la segunda guerra mundial donde, en medio de reliquias ensangrentadas y banderas niponas con firmas y mensajes de despedida de los familiares, se explica el ritual que precedía al vuelo fatídico con el que los jóvenes pilotos rendían tributo final a su emperador.
Otra modalidad centenaria menos conocida es el suicidio comiendo las partes tóxicas del raro y costoso fugu (pez globo), un método cuya víctima reciente más famosa fue Bando Mitsugoro III, célebre actor de kabuki que, irónicamente, se despidió de los escenarios en 1975 representando Chusingura.
En la literatura moderna, el suicidio es un tema recurrente y casi obsesivo de autores japoneses que pusieron fin a sus vidas, como el polémico Yukio Mishima, que en 1970, a los 45 años, cometió seppuku, la forma ortodoxa del haraquiri que concluye con la decapitación con espada a manos de un asistente. A las referencias literarias se suma Haruki Murakami, cuyo primer libro superventas en los 80, Tokio Blues, narra la historia de dos suicidas, un adolescente que se mata con gas en el garaje de sus padres y su novia, que, despechada por no haber recibido una nota de despedida, se deprime y sigue sus pasos tras ser internada en un hospital mental.
Intoxicarse con humo de carbón es la modalidad preferida de los cibersuicidas, grupos que surgieron en la última década del siglo pasado. Sus miembros usan internet para conocerse y pactar suicidios en furgonetas alquiladas.
Dimensión épica
Sociólogos y antropólogos señalan como causas principales del suicidio en Japón la falta de penalización y la tolerancia de las religiones mayoritarias, el sintoísmo y el budismo. Añaden la depresión por razones económicas o afectivas y, en el caso de los suicidios infantiles, la insoportable presión en época de exámenes o el hostigamiento de los compañeros. El suicida se tiñe de heroísmo cuando se ausenta del mundo con la excusa de liberar a sus familiares de problemas, responsabilidades o deudas, y adquiere dimensiones épicas cuando decide sacrificar a toda su familia conduciéndola en coche al mar o provocando un incendio cuando todos duermen.
Las pocas veces que el suicidio cobra visos pecaminosos o ilegales es cuando perturba la vida de los demás, como es el caso de quienes provocan caos en el tráfico ferroviario lanzándose a las vías. Las multas a los familiares del muerto rondan los 100 millones de yenes (800.000 euros), un monto excesivo con el fin de que sea disuasorio. En muchas estaciones de tren y metro se han instalado barreras en los andenes o se aíslan las vías con cabinas de cristal, y cuando el presupuesto no lo permite tratan de mantener a vigilantes alerta para localizar al pesimista de turno.
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Quitarse la vida goza de permisividad e incluso de prestigio en Japón :: Comentarios
Es el país donde mas adolescentes se suicidan.
Además en Japón tienen un sentido del honor muy fuerte.
Además en Japón tienen un sentido del honor muy fuerte.
A mi esto me resulta una prueba más de la percepción tan diferente que tienen las distintas culturas sobre la muerte y lo que la rodea.
Esos 800.000 euros de multa me parece un incentivo para joder a los padres.
Sí, porque el que se quiera suicidar realmente, no se va a poner a pensar en una multa que él no va a pagar.
Por lo que tengo entendido (según kirai.com, es un tío que lleva viviendo en Japón desde hace algunos años) la línea que más utilizan los suicidas de Tokio es la que circula el tren más rápidamente, para que sea imposible reconocer el cadaver y evitar que los familiares tengan que pagar la multa.
¿Es que no utilizan pruebas de ADN? Aunque sólo fuera por poder cobrar la multa, me refiero.
lvoreno escribió:Por lo que tengo entendido (según kirai.com, es un tío que lleva viviendo en Japón desde hace algunos años) la línea que más utilizan los suicidas de Tokio es la que circula el tren más rápidamente, para que sea imposible reconocer el cadaver y evitar que los familiares tengan que pagar la multa.
Puff, leyendo tu comentario y pensando en frio, pienso que hay que estar muy jodido para arrojarte a las vias, o bueno, para suicidarte en definitiva.

fairy escribió:¿Es que no utilizan pruebas de ADN? Aunque sólo fuera por poder cobrar la multa, me refiero.
Suelen tardar bastane en cotejar el ADN, aunque lo mismo en esos casios menos, ni idea...
Es altamente tronchante lo de la multa como efecto disuasorio y la de situaciones rocambolescas que podría provocar, como chantajes a la familia en plan o me compráis la Kawasaki o me tiro a las vías del tren, jolines. Imagino que ese proceso legal no será tan trivial.
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