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Sembradores de Culpa
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Sembradores de Culpa
No sé si la culpa tiene que ver con el TOC, pero como habla de ello en el artículo lo pongo aquí..
Cuando las cosas se ponen mal, hay dos maneras de reaccionar: o hacerles frente y tratar de resolverlas, o echar la culpa a los demás. Esta segunda fórmula es estéril, evidentemente, pero debe de consolar mucho a juzgar por la frecuencia con que recurrimos a ella en situaciones de fracaso, crisis o simple contrariedad. ¿Se trata de una manifestación más de la extendida tendencia a escurrir el bulto, a quitarse responsabilidades, a responder distraídamente a los problemas como si de esa manera fueran a encontrar solución por arte de magia? No sólo eso.
Pensemos en uno de los miembros de una pareja que encuentra insatisfactorias sus relaciones y, en vez de examinar sus errores y pensar qué puede hacer para enmendarlos, descarga todas las culpas en la otra parte. O en el empleado que una vez tras otra encuentra frustradas sus aspiraciones de ascenso y en respuesta rumia a todas horas una desgracia melancólica cuyo origen atribuye a un jefe déspota que le tiene ojeriza. El masoquismo existe, cierto. Recrearse en la propia desdicha asumiendo el papel de víctima y focalizando los pensamientos en el verdugo produce una cierta complacencia morbosa. Pero a menudo también es un indicio de la personalidad obsesivo-compulsiva regida por patrones mentales y de conducta de orden perfeccionista.
Sin necesidad de llegar al grado patológico del trastorno (donde las pequeñas manías son ya obsesiones insuperables), mucha gente sucumbe a la tentación de echar las culpas a los otros debido a que está sometida a la tiranía del perfeccionismo. Como sobrevalora el sentimiento de la culpa, hace todo lo posible para no cargar con él y para eso no hay nada más sencillo que crearse chivos expiatorios y cabezas de turco a quienes atribuírsela. El obsesivo-compulsivo se maneja muy bien entre las culpas. Las gestiona, las administra, las adjudica y se las encaja a unos y a otros con una extraordinaria habilidad.
De entrada, hace el recuento de sus méritos para asegurarse de que él no puede haberse equivocado, de que el fracaso o el daño han tenido que obedecer forzosamente a una causa ajena a él. En el perfeccionista obsesivo hay una obstinada confusión semántica entre mérito y sufrimiento. Las personas normales y sanas consideran que no existe superioridad moral ni intelectual en el hecho de ser desgraciado. El dolor no nos da la razón. Pero el obsesivo no opina de la misma manera. Acumula en su historial un largo y nutrido currículum de agravios, daños, sacrificios y esfuerzos no recompensados que le permite sentirse libre de culpa. Y entonces lanza señales a quienes le rodean. Son señales recriminatorias, dedos acusadores que denuncian la imperfección ajena. Miradas de resentimiento. Reproches directos o más difusos. Facturas de pasadas deudas. Juicios de severo inspector hábil para observar la paja en el ojo ajeno pero incapacitado para ver la viga en el propio. La meta es conseguir que los otros se sientan culpables y descubran la deuda que tiene contraída con uno. Y, en última instancia, como explica con sabia sorna el psicólogo portugués José L. Pío Abreu en 'Cómo volverse loco' (ed. Paidós), «que al final le rindan homenaje; en caso contrario, le queda el consuelo de haber cumplido con su deber».
Empeño en el orden
Nadie está libre de esta tendencia. «Errar es humano; pero más humano es culpar de ello a los demás», avisó Baltasar Gracián. En la medida que se nos agudicen las preocupaciones por el orden, la perfección y el control y se pierda la flexibilidad y la tolerancia al fracaso o al error, estaremos iniciando el viaje hacia un destino peligroso: el de quien acaba creyéndose superior a los otros y viendo en los demás solamente defectos y vicios. Técnicamente los profesionales definen esta personalidad obsesivo-compulsiva a partir de la detección de cinco o más factores en una relación de ocho: 1) la marcada preocupación por los detalles, las listas, los inventarios, los horarios y las reglas, hasta acabar perdiendo la noción de principal; 2) el perfeccionismo paralizante que impide avanzar en los proyectos; 3) la devoción excesiva por el trabajo, en perjuicio de las relaciones sociales y familiares y las actividades de ocio; 4) la actitud escrupulosa e inflexible en asuntos de moral o valores, al margen de los imperativos culturales o religiosos; 5) la tendencia a guardarlo todo, a acumular objetos inservibles; 6) la incapacidad para trabajar en equipo y para delegar tareas, a no ser que los demás se sometan a los dictados propios; 7) la acumulación de dinero de forma avariciosa, en previsión de futuras desgracias, y 8 ) la rigidez, la obstinación y la terquedad en todos los órdenes de la vida. Cuidado con ellos. Cuando se presentan es que estamos cerca del trastorno, si no es que hemos caído ya en él.
Una personalidad así no puede en modo alguno mostrar flancos débiles de cara a los demás. Si es pequeño, tendrá que dar la talla del niño modélico, que saca las mejores notas en el colegio y tiene un comportamiento ejemplar en la casa y con los vecinos; si es adulto, deberá convertir las situaciones en competiciones para luego pugnar por ser el vencedor en todas ellas. Hay que meterse presión. Hay que tomar siempre la decisión acertada. No hay que dejar ni el más mínimo hueco al error, a la emoción, al descuido o al abandono. Siempre con la guardia alta y la mirada vigilante, demostrando que somos superiores. Que nadie pueda recriminarnos nunca no haber dado la talla. Porque, naturalmente, los únicos autorizados para recriminar y echar culpas sobre las cabezas ajenas somos nosotros, los sufridos y perfectos individuos obsesivo-compulsivos.
Cuando las cosas se ponen mal, hay dos maneras de reaccionar: o hacerles frente y tratar de resolverlas, o echar la culpa a los demás. Esta segunda fórmula es estéril, evidentemente, pero debe de consolar mucho a juzgar por la frecuencia con que recurrimos a ella en situaciones de fracaso, crisis o simple contrariedad. ¿Se trata de una manifestación más de la extendida tendencia a escurrir el bulto, a quitarse responsabilidades, a responder distraídamente a los problemas como si de esa manera fueran a encontrar solución por arte de magia? No sólo eso.
Pensemos en uno de los miembros de una pareja que encuentra insatisfactorias sus relaciones y, en vez de examinar sus errores y pensar qué puede hacer para enmendarlos, descarga todas las culpas en la otra parte. O en el empleado que una vez tras otra encuentra frustradas sus aspiraciones de ascenso y en respuesta rumia a todas horas una desgracia melancólica cuyo origen atribuye a un jefe déspota que le tiene ojeriza. El masoquismo existe, cierto. Recrearse en la propia desdicha asumiendo el papel de víctima y focalizando los pensamientos en el verdugo produce una cierta complacencia morbosa. Pero a menudo también es un indicio de la personalidad obsesivo-compulsiva regida por patrones mentales y de conducta de orden perfeccionista.
Sin necesidad de llegar al grado patológico del trastorno (donde las pequeñas manías son ya obsesiones insuperables), mucha gente sucumbe a la tentación de echar las culpas a los otros debido a que está sometida a la tiranía del perfeccionismo. Como sobrevalora el sentimiento de la culpa, hace todo lo posible para no cargar con él y para eso no hay nada más sencillo que crearse chivos expiatorios y cabezas de turco a quienes atribuírsela. El obsesivo-compulsivo se maneja muy bien entre las culpas. Las gestiona, las administra, las adjudica y se las encaja a unos y a otros con una extraordinaria habilidad.
De entrada, hace el recuento de sus méritos para asegurarse de que él no puede haberse equivocado, de que el fracaso o el daño han tenido que obedecer forzosamente a una causa ajena a él. En el perfeccionista obsesivo hay una obstinada confusión semántica entre mérito y sufrimiento. Las personas normales y sanas consideran que no existe superioridad moral ni intelectual en el hecho de ser desgraciado. El dolor no nos da la razón. Pero el obsesivo no opina de la misma manera. Acumula en su historial un largo y nutrido currículum de agravios, daños, sacrificios y esfuerzos no recompensados que le permite sentirse libre de culpa. Y entonces lanza señales a quienes le rodean. Son señales recriminatorias, dedos acusadores que denuncian la imperfección ajena. Miradas de resentimiento. Reproches directos o más difusos. Facturas de pasadas deudas. Juicios de severo inspector hábil para observar la paja en el ojo ajeno pero incapacitado para ver la viga en el propio. La meta es conseguir que los otros se sientan culpables y descubran la deuda que tiene contraída con uno. Y, en última instancia, como explica con sabia sorna el psicólogo portugués José L. Pío Abreu en 'Cómo volverse loco' (ed. Paidós), «que al final le rindan homenaje; en caso contrario, le queda el consuelo de haber cumplido con su deber».
Empeño en el orden
Nadie está libre de esta tendencia. «Errar es humano; pero más humano es culpar de ello a los demás», avisó Baltasar Gracián. En la medida que se nos agudicen las preocupaciones por el orden, la perfección y el control y se pierda la flexibilidad y la tolerancia al fracaso o al error, estaremos iniciando el viaje hacia un destino peligroso: el de quien acaba creyéndose superior a los otros y viendo en los demás solamente defectos y vicios. Técnicamente los profesionales definen esta personalidad obsesivo-compulsiva a partir de la detección de cinco o más factores en una relación de ocho: 1) la marcada preocupación por los detalles, las listas, los inventarios, los horarios y las reglas, hasta acabar perdiendo la noción de principal; 2) el perfeccionismo paralizante que impide avanzar en los proyectos; 3) la devoción excesiva por el trabajo, en perjuicio de las relaciones sociales y familiares y las actividades de ocio; 4) la actitud escrupulosa e inflexible en asuntos de moral o valores, al margen de los imperativos culturales o religiosos; 5) la tendencia a guardarlo todo, a acumular objetos inservibles; 6) la incapacidad para trabajar en equipo y para delegar tareas, a no ser que los demás se sometan a los dictados propios; 7) la acumulación de dinero de forma avariciosa, en previsión de futuras desgracias, y 8 ) la rigidez, la obstinación y la terquedad en todos los órdenes de la vida. Cuidado con ellos. Cuando se presentan es que estamos cerca del trastorno, si no es que hemos caído ya en él.
Una personalidad así no puede en modo alguno mostrar flancos débiles de cara a los demás. Si es pequeño, tendrá que dar la talla del niño modélico, que saca las mejores notas en el colegio y tiene un comportamiento ejemplar en la casa y con los vecinos; si es adulto, deberá convertir las situaciones en competiciones para luego pugnar por ser el vencedor en todas ellas. Hay que meterse presión. Hay que tomar siempre la decisión acertada. No hay que dejar ni el más mínimo hueco al error, a la emoción, al descuido o al abandono. Siempre con la guardia alta y la mirada vigilante, demostrando que somos superiores. Que nadie pueda recriminarnos nunca no haber dado la talla. Porque, naturalmente, los únicos autorizados para recriminar y echar culpas sobre las cabezas ajenas somos nosotros, los sufridos y perfectos individuos obsesivo-compulsivos.

alzheimer2- Miembro habitual

-

Mensajes: 1726
Edad: 82
Tengo: Ansiedad

Re: Sembradores de Culpa
No es lo mismo estar jodido que estar jodiendo.
- Spoiler:
- No es lo mismo trastorno obsesivo compulsivo que trastorno de la personalidad obsesiva compulsiva.
- Spoiler:
- Diantres!!
- Spoiler:
- Pasaba por aquí..

Tahitá- Miembro inactivo
-

Mensajes: 3298
Edad: 36
Empleo - Ocio: Cobrador del frac.
Tengo: TOC
Re: Sembradores de Culpa
Diantres!!! Quédate un rato Tahitá 


Res- Miembro desterrado

-

Mensajes: 12117
Edad: 15
Tengo: No lo sé

Re: Sembradores de Culpa
Uff! Estoy muy de acuerdo con los 8 puntos, pero estoy en desacuerdo de que toda persona que padece TOC heche las culpas de su sufrimiento a los demás.
En muchos casos se autoculpan
En muchos casos se autoculpan


neneta_cat- Miembro habitual

-

Mensajes: 2368
Edad: 26
Tengo: No lo sé

Re: Sembradores de Culpa
Amoavé.. El texto de alzheimer habla del Trastorno de la Personalidad Obsesiva-Compulsiva, no del TOC.
Si empezamos confundiendo las sandías con los melones, mal vamos, ¿eh?
Si empezamos confundiendo las sandías con los melones, mal vamos, ¿eh?

Tahitá- Miembro inactivo
-

Mensajes: 3298
Edad: 36
Empleo - Ocio: Cobrador del frac.
Tengo: TOC
Re: Sembradores de Culpa
neneta_cat escribió:Uff! Estoy muy de acuerdo con los 8 puntos, pero estoy en desacuerdo de que toda persona que padece TOC heche las culpas de su sufrimiento a los demás.
En muchos casos se autoculpan
+1 (Yo me auto-culpo siempre)
Desde que tengo memoria padezco de TOC, tal vez lo mío es TOC-P
Personalidad Obsesivo-Compulsiva
V-de-Virginia- Empezando a destacar

-

Mensajes: 254
Edad: 26
Tengo: No lo sé

Re: Sembradores de Culpa
yo pensaba q no se podia evitar el toc y solo con terapia se superan como mucho la mayoria de los miedos,

mor12- Esto... Yo pasaba por aquí
-

Mensajes: 8
Edad: 21
Tengo: No lo sé

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